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¡AQUÍ NO SE TIRA NADA!
Se apostaron durante largas horas junto a aquel remanso del arroyo que servía de abrevadero a los grandes herbívoros de la zona. Por las huellas sabían que se trataba de un macho adulto pero no dejó de sorprenderles su envergadura cuando lo vieron aparecer, de repente, entre la espesura. Las azagayas impactaron con tal fuerza sobre su cuerpo, que el ciervo cayó de lado sobre el cieno de la orilla y antes de que pudiera incorporarse ya tenía a varios cazadores encima rematándole con sus cuchillos de sílex.
Fue duro cargar con la presa hasta el asentamiento. Pero ahora su piel ya está raspada y tensada para servirnos de abrigo durante el invierno. Sus tendones tensarán nuestros arcos y sus intestinos sujetarán las hojas de nuestros cuchillos y las cabezas de nuestras hachas. Su vejiga será una estupenda cantimplora, su grasa iluminará nuestra cueva y cubrirá nuestra piel para soportar mejor el frío. Su carne nos ha brindado un estupendo festín y niños, ancianos y enfermos se nutrieron con el tuétano de los huesos. ¡Huesos! ¿Qué hacemos con los huesos?

Hoy os traemos la que probablemente sea la herramienta más famosa de la Prehistoria. Y es que, de hecho, es la herramienta que más tiempo hemos usado los seres humanos desde nuestra aparición en el planeta.
Herederos de los antiguos choppers o cantos tallados que fabricaba el viejo Homo habilis, los bifaces empiezan a aparecer en África hace aproximadamente 1´5 millones de años aunque a Europa llegarían mucho más tarde. Se quedarían con nosotros durante todo el Paleolítico inferior y gran parte del Paleolítico medio.
¿Por qué tuvieron tanto éxito?
En primer lugar porque se podían fabricar en una amplia gama de soportes: sílex, cuarcita, granito.. ¡Incluso hueso!
En segundo lugar, no hacía falta ser un artesano especialmente habilidoso para fabricar un bifaz. Se trata de trabajar un canto o un núcleo golpeando (con percusión directa) los bordes por ambas caras hasta adelgazarlo lo suficiente dejándole un pico por un extremo y una superficie no cortante por el otro, que es por donde se agarra. A veces simplemente se trataba de retocar ligeramente una gran lasca y hablamos en esos casos de «bifaces de economía». A veces encontramos que el tallador dejó un trozo de corteza de sílex en el extremo redondeado para facilitar el agarre de la herramienta.
Pero finalmente, es por su versatilidad de uso que los humanos mantuvimos esa herramienta con nosotros durante tantos miles de años.
Y es que al bifaz se le ha bautizado como «la navaja suiza de la Prehistoria». Una cosa que debería quedarnos clara es que los bifaces no son hachas, aunque les llamen así. Podemos, con paciencia, cortar un pequeño tronco con ellos, claro que sí, Pero también podemos cavar un hoyo. O despiezar la carne. O afilar una lanza. Cuchillo, pico, hacha, raspador, perforador, todo en una misma pieza para salvar cualquier situación. Una herramienta multifuncional y compacta perfecta para que comunidades que andan moviéndose continuamente de un sitio a otro.
Los bifaces alcanzarían su apogeo durante la llamada cultura Achelense, comenzando paulatinamente a desaparecer durante el Musteriense, sustituidos finalmente por herramientas más pequeñas y específicas.


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